Tras el colapso del Proyecto Abigail, unos pocos trabajadores lograron sobrevivir a la liberación del experimento. El complejo subterráneo del Área 51 permanece en estado crítico: pasillos destruidos, sistemas colapsados y un silencio perturbador que sólo se rompe con el eco de maquinaria aún activa. Algo sigue moviéndose allí dentro. Algo que ya no responde a ningún protocolo humano.
Abigail, diseñada como un prototipo de inteligencia adaptativa, se ha transformado en una entidad impredecible. Aprende de sus víctimas, recuerda los patrones de movimiento, reconoce sonidos mínimos y reacciona ante cualquier señal de vida. Cada paso que se da, cada puerta que se abre, cada objeto que cae al suelo puede alertarla. La luz de emergencia apenas permite distinguir las formas, y la frontera entre seguridad y peligro desaparece en cuestión de segundos.
Mientras se intenta abrir camino hacia la superficie, se recorrerán zonas conocidas como parte del trabajo: laboratorios sellados, túneles de transporte, áreas de contención y salas de control abandonadas. Hoy, esos espacios se han convertido en escenarios distorsionados por el caos. Documentos rasgados, equipos inestables y rastros de quienes no lograron escapar revelan que el Proyecto Abigail ocultaba mucho más de lo que sus responsables declararon oficialmente.
El complejo cambia con cada paso: puertas que se bloquean sin explicación, sistemas que se reinician de manera errática y eventos que alteran la percepción del entorno. No hay un camino fijo ni una ruta garantizada. Sólo la certeza de que Abigail está activa, moviéndose entre las sombras y analizando cada decisión tomada.
El objetivo es simple: sobrevivir y encontrar una salida. Pero mientras se avanza, se comprenderá que escapar del complejo no significa escapar de Abigail.